sábado, 3 de octubre de 2009

Interlocucion en el trayecto que va de casa al chino de la esquina.

Cuando uno se compromete o no, cuando uno se decide o no, cuando uno piensa por ejemplo en una sola gota de lluvia que revienta en el asfalto con otras tantas que lo hacen al mismo tiempo y piensa tambien en los cientos, miles de gotas que antecedieron a esa y en las que faltan caer todavia. Ahi es cuando, mas alla de cualquier voluntad a favor o en contra, uno puede verificar y darse cuenta de la suma de posibilidades, de lo irremediablemente azaroso de toda la cuestion, de la discontinuidad o continuidad constante del tiempo y, jaj, es inevitable, del espacio.
Y ahi uno se pregunta: Para que cuantificar tanto? Para que medir? Para que contabilizar y planear si a fin de cuentas lo real, lo abstracto y lo imaginario parecen ser una misma y unica cosa.
Y en ese momento uno puede pensar tanto en las gotas que caen en la calle como en un tren llegando a horario o tarde, en un viejo callendose en la vereda, en otro hechando humo en la puerta de su casa, en un perro que ladra, en el dueño del perro que mira zigsaguea y nos pide disculpas, en un ojo que se abre, en otro que se cierra, en fin......................... por lo general, en esa instancia, uno va concluyendo, porque la pequeña divergente excede por bastante la distancia a recorrer, y ya se alcanzo o esta por alcanzar el lugar al que nos direccionabamos. Entonces con animos de darle algo asi como un cierre al asunto de la lluvia, uno piensa: Que poca importancia tienen los compromisos, las decisiones, los relojes, los cronogramas, y todo lo demas que pueda meterse en una bolsa tan pequeña, cuando el azar y el absurdo son la ley elemental que rige casi todo lo que nos rodea.
Despues uno entra en el mercado deja el envase en un cajon y ya no llueve mas.

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